El mundo de la navegación representaba, sin duda,
representaba en esa época una actividad fascinante para todos los que tuvieran
espíritu aventurero y ambicionaran fortuna. Al desarrollo de la navegación en
el Mediterráneo, se unían la aparición - especialmente gracias a la
incorporación del timón - de nuevos tipos de barcos que para su tiempo eran
grandes, bien maniobrables, y de gran velocidad.
El desarrollo de la navegación a vela - que sustituyó
progresivamente a los grandes barcos de remo - produjo principalmente la
carabela, aparecida hacia 1440; un barco de madera, de alrededor de 25 a 30
metros de largo (en términos navales, eslora) por alrededor de un tercio de
ancho (en términos navales, manga). Estaba provista de 3 o 4 mástiles y en su
cubierta se elevaban a proa y a popa sendos “castillos” que servían de
alojamiento a sus oficiales. Cargaban entre 60 y 100 toneladas, y eran operadas
por una tripulación de entre 15 y 30 hombres. Resultaron ser barcos muy
marineros, capaces de sortear con buenos resultados las condiciones de
navegación más difíciles de la navegación en alta mar.
La navegación
exploratoria del océano Atlántico tuvo un gran empuje a principios del Siglo
XV, por otra de Enrique el Navegante, hijo del Rey de Portugal que empleó
abundantes recursos económicos para desarrollar una ruta marítima hacia las
Indias - como se llamaba al Oriente - bordeando el continente africano. En 1438
Enrique el Navegante fundó un centro naval en Sagres, un saliente cercano al
Cabo de San Vicente, donde constituyó una escuela de navegación reuniendo a
navegantes experientes, con diversos especialistas en cuestiones vinculadas a
la navegación.
Las expediciones marítimas impulsadas por Enrique el
Navegante y tras su muerte por su sobrino el Rey Juan II de Portugal, llevaron
a los portugueses a ir descubriendo y asentándose progresivamente en las costas
de África hacia el sur, hasta que en 1487 Bartolemeu Días descubrió el Cabo de
Buena Esperanza, lo que abría la ruta oriental hacia las Indias.
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